Cuando lo eterno se vuelve más eterno

Como de rutina, Rita se levantó a la misma hora de siempre; se bañó, se cambió, desayunó y salió de su casa a la misma hora de todos los días. Ella siempre salía temprano, pues era precavida por si algún accidente pasaba o quién sabe, como misma ella dice: “tantas cosas que pueden pasar”. Sin embargo, no imaginó que ese día sería diferente... y que a partir de ese suceso su rutina diaria cambiaría.

La construcción de la Línea 2 del Metro de Lima inició sus obras un 20 de mayo en la Carretera Central a la altura del Óvalo de Santa Anita. Este proyecto planea conectar a Ate con el Callao y se estima que el tiempo de recorrido entre la estación inicial y la final será de 40 minutos, ahorrándose casi una hora y veinte minutos de viaje. Sin embargo, muchos de los vecinos de este distrito desconocían cuándo iba a ser el inicio de las obras. Es más, muchos ni siquiera sabían que Ate era parte del proyecto de la Línea 2 del Metro de Lima. Por ello, el día en el que todo inició, fue un completo cataclismo para varios.

Rita vive en la Urb. “Las Cascadas” en el sector conocido como “Ceres” en Ate-Vitarte y su centro laboral se encuentra en el centro de Lima. Ese día, tomó una moto hasta “Ceres” y luego caminó hasta “Tagore” para poder tomar un chosicano que la llevaría a su centro de trabajo. Escuchó a un cobrador vociferar: “¡todo Grau, 2 de Mayo, Alfonso Ugarte…!”. Subió al vehículo, le esperaba un viaje de aproximadamente una hora o, en el peor de los casos, hora y media hasta allá.

Todo parecía ir como de costumbre; sin embargo, cuando estaba por el nuevo “mercado productores de Santa Anita, Josfel” (a diez minutos del Óvalo de Santa Anita), Rita se encontró con un embotellamiento extraordinario. “A esta hora de la mañana no hay tanto tráfico”, pensó. Se convenció de que probablemente algún camión haya estado interrumpiendo el paso o simplemente fuera un ligero accidente. Por ello, optó por dormirse, después de todo había salido con la adecuada anticipación para este tipo de casos y además, aún le faltaba un largo trecho por recorrer.

La despertó un estruendoso sonido de cláxones que tocaban al unísono. Medio somnolienta, escuchó varias voces quejarse, renegar, y gritar. Desorientada miró a su alrededor. Quería saber dónde estaba, qué pasaba, qué hora era. Se dio cuenta que ni siquiera llegaba al óvalo de Santa Anita. Sacó su celular y vio que eran ya 7:30 de la mañana y tenía que estar en su trabajo a las 8. No lo podía creer, se había demorado casi una hora en un tramo que normalmente se hacía en quince minutos. La ansiedad comenzó a apoderarse de ella. “Están desviando los carros” se oyó de una voz por allí.

“El carro se dio un sin fin de vueltas. El chofer no sabía por dónde ir” nos dice Rita. Los ojos se le desorbitan ligeramente y luego agacha la cabeza y la mueve como si negara algo. Inhala profundamente, exhala y continúa. “La gente se bajaba del carro y caminaba. Se veía cómo corrían para llegar a su trabajo o centro de estudios. Yo no podía bajarme, porque igual era. No había pase. Fue horrible”.

Rita llegó a su centro de trabajo, aun con la esperanza de brindar explicaciones sobre lo que había acontecido para que así la dejaran entrar. No obstante, en vano fue todo intento por cumplir su propósito. Ya era demasiado tarde. Era un día perdido.

Frustrada y decepcionada, Rita tomó otro chosicano para regresar a casa en la Plaza 2 de Mayo, se sentó y se puso a cavilar. No entendía por qué hubo tanto tráfico. Era cierto que la Carretera Central era una bomba de tiempo y que de vez en cuando ocurrían incidentes o embotellamientos, sobre todo en el óvalo de Santa Anita, pero esta vez era distinto. ¿Por qué los carros se desviaban? ¿por qué no había pase para llegar al óvalo? ¿cómo era posible haberse demorado casi dos horas y media hasta llegar a su trabajo?

Rita se encontraba en el carro de regreso a su casa. Estaba sentada en uno de los asientos individuales de los “chosicanos” con la cabeza recostada en la ventana. Se sentía cansada a pesar de no haber laborado, quizás fue solamente frustración. Se encontraba por la Clínica San Juan de Dios, que está antes de llegar al puente Santa Anita, cuando una señorita con una cantidad considerable de volantes subió al carro, y con una voz potente, pero delicada a la vez, dio un anuncio que provocó más de un rechinar de dientes y suspiros.
“Señores, buenas tardes, el motivo de mi subida a este vehículo es para anunciarles que la carretera central estará cerrada por dos años debido la construcción de la Línea 2 del Metro de Lima…” Rita no llegó a escuchar el resto del discurso de la señorita con chaleco del ministerio de transporte, ya que en su cabeza quedó retumbando repetitivamente el “por 2 años”.

Créditos: Xenia Martínez

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